Por Emilio Ichikawa

Ni recordaba que Roberto Fernández Retamar había escrito sobre sentimientos humanos; sobre otra cosa que no fuera el justicierismo revolucionario y la trascendencia de lo latinoamericano. Pero el filme Boleto al paraíso (2010) de Gerardo Chijona, lo recuerda en su apertura. E inmediatamente después ubica la historia: “Cuba 1993″.

Cuatro jóvenes emprenden una travesía explícita: desde el pueblo originario a la ciudad de Santa Clara; de ahí a Matanzas, a La Habana y finalmente al paraíso: que es el “SIDAtorio”, la maternidad, la sobrevida… Como espectador, de los destinos o estaciones de la anterior secuencia, me pareció que para Eunice la posibilidad salvífica estaba en Matanzas, junto a su hermana, los puentes de la ciudad y el alto puntal de la casa. La chaqueta militar del tío político entra aquí como una señal de orden; pero tampoco es signo complaciente para una joven que anda en fuga de una autoridad abusiva.

1993 se vivió en Cuba como si fuera un accidente; como un año a vencer y luego a olvidar. Fue el límite posterior de una caída al vacío histórico y el hedonismo autodestructivo que pudo haber comenzado en 1989. Chijona rescata ese peculiar quinquenio y no puede uno sino estremecerse. No hay humor en Boleto al paraíso, y tampoco exhibición de desgracias. Sí una sordidez que se trata de sortear como deber de vida. Es reconocible el tiempo en los escenarios mostrados: el teléfono, la película de Daniel Díaz en el cine Payret, el “afiche” con el anuncio del concierto de rock en Alamar, la “bicicleta 28″ y la combinación de minifalda, bajichupa y puyas. Más jineteo en 5ta avenida: se trata de una era post “HK en febrero”. Alguien me dijo anoche que había visto el filme en una absoluta seriedad. Es lo que amerita; si descontamos la carcajada -seguramente inevitable- que arranca el recibimiento de Eunice en la descarga rockera de los frikis: “¿Y a esta de qué corte de boniato la sacaron?”.

Me gustó mucho el personaje de Milena. Por la belleza de la actriz, por la autenticidad de sus parlamentos en “habanero”; por su fugacidad. También sobresale el chofer, fílmicamente vomitivo y “perverso”, que interpreta Alberto Pujol. Y además la maestra de Eunice; un personaje que escandaliza por su bondad culpable, por una nobleza o “despiste” que le impide apreciar los problemas que ahuyentan a Eunice de su pueblo vestal.

www.eichikawa.com
Miami, Estados Unidos
Abril 29, 2011