Por Rolando Pérez Betancourt

De los abusos sexuales de un padre a su joven hija, de marginales en un frenesí de alucinógenos que no dejan ver ni rumbos ni propósitos, y de un final coronado por el VIH, compone Gerardo Chijona su último filme, Boleto al paraíso, inspirado en hechos reales, y hay que recalcar esto último porque habrá un momento en que al espectador le cueste creer lo que está viendo, pero, en esencia, el asunto fue así.

Giro contundente el de la trama a mitad del metraje, cuando el director tiene a la audiencia en un puño con su (casi) tragicómica historia de la hija ultrajada que pone pies en polvorosa y se une a tres frikis de provincia, dispuestos a escapar a una capital que les resulta tan lejana como esperanzadora. Hasta ese momento el dinamismo de la trama, el desempeño de los actores y el don indiscutible de Chijona para tejer situaciones humorísticas perfectamente encajadas en los conflictos más angustiosos, no admiten reparos.

Entonces llega un cambio de registro dramático cuando uno de los jóvenes (el más aplastado por la vida, se nos ha hecho ver) les propone a sus amigos dejarse contagiar por el virus del sida, lo que les posibilitaría llevar una vida muelle en el sanatorio adonde van a parar los enfermos.

Los hechos tienen lugar en el año 1993, en plena cresta del llamado período especial, pero el cuadro que se recrea no es lo suficientemente sugerente como para subrayar los desconciertos económicos, materiales y espirituales presentes en el país tras el derrumbe del campo socialista. En relación con los protagonistas, la presión que los impulsa al acto suicida se reduce, en gran medida, al rigor policíaco de que son objeto para evitar que se consuma droga en los conciertos de rock donde participan.

Una asepsia en la recreación del tejido social y en la complejidad existencial de los jóvenes marginales, que le resta fuerza a la resolución de esos espíritus salvajes de renunciar al libre albedrío para refugiarse en un sanatorio donde, aseguran con una ingenuidad estremecedora (que estuvo presente en el hecho real), piensan pasarla de maravilla.

Historia impactante, sin duda, la de Boleto al paraíso, respaldada por la muchacha provinciana que, huérfana de afectos, encuentra en uno de los jóvenes descarriados un sentimiento sincero que la hace madurar, y hasta jugar una partida de amor con la muerte.

El desenlace, incluyendo la escena del tejado, no pocas veces vista, y el posterior lance pasional, se lo juegan todo a la historia de amor que se pretende plasmar con una rotundez decisiva para coronar por lo alto lo que hemos estado viendo. Pero aunque perfectamente creíble como crónica de los hechos, a ese cierre le falta, en su composición visual y dramática, el extra artístico que hubiera hecho de Boleto al paraíso una película más crecida.

Granma Digital
La Habana, Cuba
Diciembre 9,  2010